Y acá estoy. Otra vez en una isla. No alcancé a ver mucho
todavía. Desde el avión no se veía por las nubes. Solo entre la merienda y la cena que nos ofrece la posada donde estamos
parando, salimos a caminar por el pueblito.
Es muy idílico este lugar. Las calles son de arena y no hay
autos en la isla. Todos caminan descalzos y sus vehículos son lanchas.
Caminamos por las calles angostitas y corren niños para todos lados, todos
jugando felices. Las casas acá también son
coloridas. Hay algunos negocios pequeños que venden lo básico. Nada más.
Llegamos al muelle y ahí estaban todas las lanchas llenas de
pelicanos, y alcatraces, y gaviotas… Todos pescando muy entusiasmados… A nosotros, mientras observábamos, nos
atacaron y casi nos comieron los “teri teri”, lo que yo llamaría jejenes o algo
así. Nos tuvimos que volver a la posada. “Es por la lluvia”, nos dice Libia, la
dueña. Mario, su marido, ya nos contó que hoy había llovido. “cosa rara”, dijo.
“Acá no llueve nunca”.
La posada es un lugar muy particular. Al entrar uno ya se
encuentra en el comedor/ cocina. Tiene techo, pero no tiene fondo… es decir,
uno camina hacia el fondo y de repente se terminó el techo, así, sin paredes.
Ahí da la ventana de nuestra habitación, a la parte del comedor sin techo, o
sea al patio. Tiene aire de conventillo vip, si es que se puede llamar así. Se
escucha música todo el día y gente hablando alto. Recién sonaban Los Pericos…. Que
detalle…


Llegamos a las cinco de la tarde. El avioncito trimotor de Chapi Air, si, Chapi Air!!!, aterrizó en la pequeña pista de aterrizaje llena de charquitos de la isla luego de un vuelo de 35 minutos. No vimos mucho desde el aire ya que estaba lleno de nubes.
El viaje fue una de esas aventuras que uno nunca va a olvidar.
“Ustedes suban por acá” nos dijo, en la pista de aterrizaje, la misma chica que
nos había hecho el check-in en el aeropuerto dos horas antes. El avioncito
tenía puertas por todos lados. A vos te tocaba alguna de ellas y entrabas como
a un auto al que se le reclinan los asientos de adelante para pasar atrás. “Y
acá como me subo?”, preguntó el gordi, y
nos reímos un rato…
Estábamos bastante apretados y encapsulados ahí adentro.
Alfredo tocaba la cabeza con el techo y las rodillas le daban contra el asiento
de adelante. Era como estar sentados en
un caño volador. El piloto y copiloto, por supuesto tomaron la primera fila y
se pusieron sus auriculares, los demás tomamos las siete filas hacia atrás.
Nosotros íbamos en la quinta fila, bastante muertos de risa!!!
Arrancaron los motores y las hélices empezaron a girar
ruidosamente en nuestros oídos y a un metro nuestro. Por fin empezó a carretear
y empezaron a tirar aire los pequeños
cositos del aire acondicionado.
Antes de eso, habíamos pasado un buen rato en el aeropuerto
de Maiquetía. Llegamos a las 12.20 de nuestro vuelo desde la isla de Margarita
y como los de Chapi Air no hacían el check-in hasta las 14, nos pasamos todo
ese rato deambulando con las valijas por ahí. Lo único entretenido fue leer los
carteles en la aerolínea LTA y sus traducciones. O el traductor era el hijo del
dueño o gerente, o se había tomado unos buenos whiscachos antes de hacerla!
El aeropuerto no es un lindo lugar para esperar. Ni un solo
lugar lindo para sentarse. Terminamos sentados en una escalera… cansados y con
hambre. El vuelo desde la Isla de Margarita había sido de unos 40 minutos en el
avión de Aserca. Fue hermoso al levantar vuelo poder ver todas las isla que
ahora si conocíamos. Desde el aire veíamos Margarita y también reconocimos la
isla de Coche al sobrevolarla. Reconocimos con emoción el sector por el que
habíamos hecho playa y caminado todos los días anteriores. También vimos la Isla
de Cubagua que no visitamos, pero que reconocimos por todo lo que nos habían
contado sobre ella. Prometimos visitarla alguna vez. De repente, ya se veían
las montañas y las casitas multicolores de Caracas. El vuelo se me hizo
rapidísimo. No podía creer que habíamos llegado tan rápido.
El viaje en lancha desde Coche a Margarita también se me
había hecho rapidísimo, a pesar de que había golpeado contra las olas más que
nunca. Ya hicimos cuatro viajes en lancha con este, el viaje de partida. El
desayuno había sido a las 7:15, el último, riquísmo, como todos los anteriores.
Pero los días pasaron y uno se tiene que ir. Por suerte quedaba otro destino
todavía y la partida no fue tan amarga.
Fue un largo día, entre lancha, avion uno y avion dos...
Y acá estoy en esta nueva isla, Gran Roque, en el
Archipiélago de Los Roques, Parque Nacional en Venezuela.
¡Empieza una nueva aventura!


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