jueves, 19 de abril de 2012

Dos cachorros...

Esta es la historia de dos cachorros que eran chiquitos. Ayer.


Es la historia de dos cachorros que están grandes. Hoy.


miércoles, 18 de abril de 2012

Un nuevo día, el sol o una flor.

Amanece otro día y a medida que avanza el otoño y se acortan los días, mas cuesta levantarse a la mañana. Pero Tomi tiene que ir al colegio y yo lo quiero acompañar hasta la tranquera, donde el transporte lo pasa a buscar. Me gusta ir temprano. Me gusta que cuando el colectivo llegue nosotros ya estemos ahí, esperando. Y eso hacemos cada mañana, esperamos.

Hoy, los colores son, otra vez, diferentes. Como si la paleta no se terminara nunca. Ayer predominaba el naranja. Hoy, el celeste. Y el paisaje me atrapa y pienso que un día así me promete todo.




Y observo en detalle los colores del cielo. Y me acuerdo de la escuela. De cuando nos enseñaron que Belgrano diseñó nuestra bandera mirando el cielo.
 Y pienso que si hubiese estado mirando el cielo un día como hoy, nuestra bandera hubiese sido diferente.




De repente, me atrae el canto de una calandria que parece estar llamándonos desde el árbol arriba nuestro. Y levanto la mirada. Veo una maraña de hojas y ramas y a través de ellas sigo viendo mi imaginaria bandera celeste y rosa.  

Amo este árbol. Es uno de los más lindos que hay en el campo. Con su tronco retorcido y gordo y con su copa tan tupida. Cuantos años tendrá, me pregunté tantas veces. Y el canto de la calandria me vuelve a llamar.

Hey! Acá estoy! Parece decirme. 

Y la descubro entre los verdes y marrones del espinillo. Acá estás, pienso. Otro habitante fiel de este lugar.






El cielo empieza a oscurecer.

Entre las cosas que el día promete, hoy, está la lluvia. Cada vez más negras están las nubes. Y las observo. Pero no puedo dejar de notar al sol, que lucha por asomar y me recuerda su eterna presencia.

Y pienso, siempre estás sol, aunque no te veamos, aunque sólo podamos ver las nubes más negras… Y pienso, esas nubes negras pasarán… Y allí estarás,  sol.


Y llega la hora de volver a casa. Otra vez, el tiempo se me pasó volando…

En casa me espera Lobo que aulló toda la noche y ahora reposa en mi silla de jardín…


Si. Cambio de guardia, pienso. Descansá Lobo. Ahora cuido yo.

El cielo, encapotado y gris, finalmente me regala una llovizna suave y breve. Yo ya estoy adentro preparando un rico mate. Y miro el paisaje desde mi ventana y pongo atención al único toque de color que veo desde acá: una flor.

El sol, por ahora perdió su lucha y ya no asoma. Pero está la flor que espera conmigo.



Y le pregunto, 

como podés ser tan hermosa, 
tan simple, 
tan generosa, 
que das color a mi paisaje,
 color a mi día, 
color a mi vida….















miércoles, 4 de abril de 2012

Salgo a caminar...


Hoy me propuse salir a caminar. En realidad siempre me lo propongo, pero hoy fue más que una iniciativa. Voy a prender la bomba, dije. Esa bomba que desde que se le rompió el automático hay que ir hasta Cañada Honda a prenderla y apagarla luego de media hora. Me llevo un libro, pensé. Así leo mientras espero. Y partí, con la botellita de agua en una mano, y libro en la otra.

La caminata hasta allá es de mas o menos un kilómetro. Que buen ejercicio, pienso. Debería hacerlo todos los días. Y llego. Prendo la bomba y me voy hasta el arroyo, a unos cincuenta metros. Ahí me sentaré a leer. Con el ruidito del agua y al solcito, a esperar la media hora. 

El ruidito del agua me atrapa. 
Las cascaditas, las burbujitas, el suave murmullo del arroyito que corre.

     


Me detengo a observar cada detalle. Y me fascino.

                                                                                                      Todo es hermoso. Todo es agradable. Las algas bajo el agua.                                                                                                                                                                        Los helechos que nacen allí. Veo un helecho que nació en medio de la pared de piedra. 

       Ahi nacés? Le pregunto. En casa me cuesta tanto hacerlos crecer...  
 

Hay una cueva al costado del arroyo. Una cueva que da sombra y cobijo (quizás) a algún habitante del arroyo. Arriba, cuelgan mas helechos.


Debajo de la cueva de los helechos, descubro un ejército de pececitos esperando a la sombra y al resguardo de la corriente. Esperando que?, me pregunto. 



Y me doy cuenta de que seguramente ya pasó la media hora.
Lobo, que ya se bañó en el arroyo y ya se sacudió al lado mío,  está paciente, esperando.

También me está esperando el libro que llevé, y que ni abrí. No tuve tiempo.

 Decido que ya es hora de ir a apagar la bomba y volver a casa. Vamos, Lobo. Y partimos los dos, de vuelta. Y caminamos.
Y donde yo aflojo, Lobo me espera, compañero!
                     

Y ya casi llegamos. Veo a la distancia la casa. Y repito, Que buen ejercicio. Debería hacerlo todos los días.