Hoy me propuse salir a caminar. En realidad siempre me lo propongo, pero hoy fue más que una iniciativa. Voy a prender la bomba, dije. Esa bomba que desde que se le rompió el automático hay que ir hasta Cañada Honda a prenderla y apagarla luego de media hora. Me llevo un libro, pensé. Así leo mientras espero. Y partí, con la botellita de agua en una mano, y libro en la otra.
La caminata hasta allá es de mas o menos un kilómetro. Que buen ejercicio, pienso. Debería hacerlo todos los días. Y llego. Prendo la bomba y me voy hasta el arroyo, a unos cincuenta metros. Ahí me sentaré a leer. Con el ruidito del agua y al solcito, a esperar la media hora.
El ruidito del agua me atrapa.
Las cascaditas, las burbujitas, el suave murmullo del arroyito que corre.
Me detengo a observar cada detalle. Y me fascino.
Todo es hermoso. Todo es agradable. Las algas bajo el agua. Los helechos que nacen allí. Veo un helecho que nació en medio de la pared de piedra.
Hay una cueva al costado del arroyo. Una cueva que da sombra y cobijo (quizás) a algún habitante del arroyo. Arriba, cuelgan mas helechos.
Y me doy cuenta de que seguramente ya pasó la media hora.
Lobo, que ya se bañó en el arroyo y ya se sacudió al lado mío, está paciente, esperando.
Decido que ya es hora de ir a apagar la bomba y volver a casa. Vamos, Lobo. Y partimos los dos, de vuelta. Y caminamos.
Y donde yo aflojo, Lobo me espera, compañero!
Y ya casi llegamos. Veo a la distancia la casa. Y repito, Que buen ejercicio. Debería hacerlo todos los días.
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